El Telégrafo, el periódico que ya fue

Cuando terminan los debates de candidatos estudiantiles, los partidarios de cada candidato salen al grito de “¡Ganamos el debate, ganamos el debate!”. Lo hacen porque creen, o esperan que los demás crean, que sí, que ganaron el debate.

Esa es la impresión que dio El Telégrafo al día siguiente del diálogo de los candidatos a la Presidencia de la República el 5 de febrero del 2017. Le gritó al mundo: ¡Ganamos el debate!

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El diario oficialista (no público) ahora marca con más fuerza su postura progobiernista. Eso le hace daño al periodismo y ni siquiera le ayuda al movimiento Alianza País o a sus candidatos. La posición favorable de los medios de comunicación hacia un candidato ayuda poco a mejorar los resultados electorales. Lo sabemos gracias a Donald Trump, como ya lo supimos en Ecuador hace 20 años con Abdalá Bucaram, entre otros casos.

Esta posición de El Telégrafo, ya sin rubores, abona todavía más a la pérdida de credibilidad de la prensa ecuatoriana (la más baja entre los medios de comunicación, con un 37,2 %). Y empuja a los medios hacia la tormenta perfecta de su crisis, al  “gran tsunami que parece estar llevándose por delante la profesión”, como dice Enrique Bullido.

Lo de El Telégrafo no es un problema de portada, de esa y otras (1, 2), ni de una mala elección del título. Es una actitud que se ha vuelto constante, que corre el riesgo de normalizarse y que también cometieron (y siguen cometiendo, pero sin tanta osadía, como la revista Vistazo) los ahora tibios medios privados. Es algo que ahora también lo hace el periódico local El Tiempo (1, 2), propiedad de El Telégrafo desde hace un año.

Esto va más allá de la portada y llega a las páginas interiores, a los textos, a las fotos, a los detalles, como muestra la nota sobre el mismo debate presidencial (clic para agrandar):

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El problema no es tratar sobre política, ni siquiera asumir posturas en ese sentido (el periodismo es, a la final, una labor política), sino la partidización de los medios públicos que, igual que todos, pero más que el resto, deberían actuar como lo que son: administradores de un bien público, la información, elemento imprescindible para la democracia.

El problema es hacer propaganda, relaciones públicas, y no periodismo.

El problema es ser militante de un partido, de un político, de un poder. El problema es parcializarse, ser hincha, seguidor incondicional de un poder, cualquiera que sea.

El problema es que, ahora sí, definitivamente, El Telégrafo ya no es un periódico.

@Columna5


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2 comentarios en “El Telégrafo, el periódico que ya fue

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