Los cuatro periodistas de ‘Cien años de soledad’ y el inicio de García Márquez en el oficio


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Cien años de soledad, con la portada del artista Vicente Rojo. (JFB)

En el libro más famoso de uno de los periodistas más famosos del siglo XX, el periodismo casi no tiene espacio. En Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, apenas hay una parte en la que aparecen periodistas, casi al final del libro. Pero no son mostrados como periodistas, sino como bohemios enciclopédicos que mantenían “sesiones tormentosas que empezaban en la librería a las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al amanecer”.

Ellos, los periodistas, son amigos de Aureliano Babilonia, un aficionado a los libros y el más sabio de la estirpe de los Buendía.

Los personajes no son periodistas en la ficción, pero sí lo fueron en la realidad. Son “los cuatro discutidores”: Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, “los primeros y últimos amigos que tuvo en la vida” el penúltimo de los Aurelianos, como consta en el libro que en mayo del 2017 cumplió 50 años de su primera edición.

Esos cuatro intelectuales son los periodistas y escritores Germán Vargas Cantillo, Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio y el mismo Gabriel García Márquez.

Fueron parte de la “media docena de amigos que empezaban a ser conocidos en los medios periodísticos e intelectuales del país como el grupo de Barranquilla“, cuenta el escritor en su libro autobiográfico Vivir para contarla.

El grupo, que se reunía en el café La Cueva en los años 40 y 50, también incluía a los artistas Alejandro Obregón y Orlando Rivera “Figurita, así como a Julio Mario Santo Domingo, quien se convirtió en uno de los empresarios más ricos de Colombia. El grupo tenía como guía al escritor y periodista José Félix Fuenmayor y al catalán Ramón Vinyes, llevado también a Cien años de soledad como “el sabio catalán”.

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Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda, Alfredo Delgado, Rafael Escalona y Alfonso Fuenmayor, en Barranquilla. (El Heraldo)

Los tres distinguidos

García Márquez destaca a tres integrantes del grupo original, quienes se distinguían —afirma en Vivir para contarla— “por su independencia y el poder de sus vocaciones: Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor y Álvaro Cepeda Samudio”. Con ellos, asegura, tenía “tantas cosas en común que se decía de mala leche que éramos hijos de un mismo padre”.

El Gabo y sus tres amigos son los personajes de Cien años de soledad con quienes Aureliano Babilonia “se sentía vinculado (…) por un mismo cariño y una misma solidaridad, hasta el punto de que pensaba en ellos como si fueran uno solo”.

Son ellos a quienes se refiere García Márquez, pero no los muestra en sus facetas de periodistas, que las tuvieron y muy destacadas, sino como “cuatro muchachos despotricadores” que se encarnizaban en discusiones tan dispares que incluían temas como los métodos de matar cucarachas en la Edad Media.

Los cuatro periodistas de Cien años de soledad:

* Germán Vargas Cantillo (1919-1991): Periodista y escritor, uno de los intelectuales más destacados del país. Publicaba en el periódico El Heraldo sus columnas Un día más y una Ventana al mar.

En el periodismo “se destacó por su equilibrio, por un sentido muy particular de encarar el lenguaje. Lo suyo era la economía de las palabras, la capacidad para incitar lecturas, el permanente llamado a la inteligencia del lector por su agudeza y su profundidad”.

Escribió los libros La violencia diez veces contada y Cinco semblanzas, entre otros. En Voces, 1917-1920, una recopilación de los 60 números de la revista Voces, se incluyen trabajos suyos.

También incursionó en la radio, donde dirigió una radio revista y un noticiero informativo local.

* Alfonso Fuenmayor (1915-1994): Periodista y político. Trabajó en periódicos como el Diario del Caribe, donde fue su director, y El Heraldo de Barranquilla. Ganó el premio Simón Bolívar de Periodismo con sus Crónicas sobre el Grupo Barranquilla, su único libro, publicado en 1981.

Fue hijo de José Félix Fuenmayor, autor de Cosme, la primera novela urbana colombiana, quien marcó con su influencia al grupo de Barranquilla.

Álvaro Cepeda Samudio (1926-1972): Novelista, periodista y cuentista. Comenzó en el área deportiva del periódico El Nacional. Tuvo una columna en el periódico El Heraldo de Barranquilla y también fue director del Diario del Caribe. Escribió la novela La casa grande, traducida a varios idiomas.

Estudió periodismo en Estados Unidos en 1949 e introdujo en Colombia una visión moderna al oficio periodístico, lo que luego se llamó “nuevo periodismo”.

Cepeda Samudio fue quien enseñó al Gabo que “el periodismo es literatura de urgencia” y que “el reportaje necesita un narrador esclavizado a la realidad”.

Gabriel García Márquez (1927-2014): Escritor y periodista. Él, bien lo sabemos, es uno de los más grandes periodistas en español del siglo XX. Sus trabajos se pueden encontrar en varios libros, sobre todo en los cinco tomos de Obra periodística, que además cuentan con un análisis explicativo a cargo de Jacques Gilard. El espacio queda corto para referirse a su labor como reportero; es mejor ir acá: especial Gracias maestro Gabriel García Márquez, de la FNPI.

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Álvaro Cepeda Samudio y Gabriel García Márquez en Barranquilla. (FNPI

El semanario Crónica y una nueva etapa del Gabo

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Edición de Crónica del 13 de mayo de 1950. (BNC)

Los cuatro, ya como personajes de la vida real, crearon el semanario Crónica. La idea fue de Alfonso Fuenmayor: “un semanario tabloide de veinte páginas, periodístico y literario, cuyo nombre —Crónica— no diría mucho a nadie”, explica García Márquez en Vivir para contarla.

Este “semanario insólito” “era una curiosísima mezcla de deportes y literatura”. Alfonso sería el director, Germán Vargas “sería antes que nada el reportero grande”, Álvaro Cepeda mandaría colaboraciones desde la Universidad de Columbia, en Nueva York, y García Márquez se convertiría en el jefe de redacción, porque “nadie estaba más libre y ansioso que yo para ser nombrado jefe de redacción de un semanario independiente e incierto”.

El primer número se publicó el sábado 29 de abril de 1950 con una divisa de última hora escrita por García Márquez debajo del nombre: “Su mejor weekend”, para desafiar “el purismo indigesto que prevalecía en la prensa colombiana en aquellos años”.

Ese número se vendió en su totalidad y con rapidez gracias a “una noticia grande de interés cultural y social” con el futbolista brasileño Heleno de Freitas, que llegaba para jugar en el Deportivo Junior.

Pero luego de ese primer impulso, el proyecto decayó. “No hubo poder humano ni divino capaz de hacerle entender a ningún público que Crónica no era una revista deportiva sino un semanario cultural que honraba a Heleno de Freitas como una de las grandes noticias del año”, cuenta el Gabo.

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Gabriel García Márquez (2d) en la sala de redacción de El Heraldo de Barranquilla, en 1951. (El Heraldo)

También fue ahí donde el nobel de Literatura hizo su debut como comentarista de fútbol, aunque también fue donde cometió “la gran pifia de mi vida”. En un reportaje con el jugador Sebastián Berascochea, el Gabo lo identificó y describió “como un vasco ejemplar, sólo por su apellido, sin parar mientes en el detalle de que era un negro retinto de la mejor estirpe africana”.

Germán Vargas, años después, afirmó que el reportaje de Berascochea era lo peor de todo lo que García Márquez había escrito.

Pero esta aventura con sus tres amigos marcó un hito en la vida profesional de García Márquez, porque “desde entonces no me gané un centavo que no fuera con la máquina de escribir” y ya nunca dejó de considerarse un periodista.

Realidad y ficción

Ninguno de ellos está ahora. Y como la literatura se entremezcla con la realidad, o al revés, Álvaro fue el primero en irse, como lo había anunciado Cien años de soledad. Murió en 1972. Luego le siguieron Germán (1991), Alfonso (1994) y Gabriel (2014).

Y en Macondo solamente quedó Aureliano Babilonia hasta descifrar la última página de los pergaminos del gitano Melquíades, donde estaba escrito su destino: “que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Juan Francisco Beltrán

@Columna5

 

 


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